Noches de Soroche en el Titicaca
- henrygru0
- Apr 7, 2021
- 7 min read
Updated: Apr 10, 2021

Yo, que soy fuerte y que me burlo del “jet lag”, que subi hasta la cima del Kilimanjaro sin dolor de cabeza ni dolor de pie (a Martina Navratilova, a la mismisima Navratilova, tuvieron que bajarla de emergencia http://abcnews.go.com/Health/martina-navratilova-hospitalized-kilimanjaro-attempt/story?id=12366329), que casi nunca tengo frio, que me jacto de haber tomado leche de yegua fermentada en la carpa de una amable familia Mongola en las afueras de Ulan Bator, que estoy alerta y ojiabierto aun cuando duermo una sola hora. Yo, el viajero todo terreno que –con toda la soberbia- nunca lleva medicinas en su maleta (un solo Imodium en caso de extrema urgencia), que con arrogancia le dije a Vanessa “no, a mi no me hace falta tomar té de coca”. Yo, que me burle de los consejos de los limeños: “come poquito, camina lentito y duerme solito”, yo, el viajero invencible, fui humillado por el mal de altura a orillas del Titicaca.
Aterrizamos muy temprano el viernes en el aeropuerto de la ciudad de Juliaca (la “Venecia” del altiplano) el comienzo de un fin de semana largo en el sur de Perú en la frontera con Bolivia allí donde se reparten el Titicaca. Nos bajamos del avión contentos a 3.800 metros de altura, sonrientes, ignorantes del poco oxígeno que transportaba nuestra hemoglobina de costeños.

Recogimos nuestras maletas y partimos rumbo a Puno a una hora del aeropuerto. “Keiko o Humala señor?” le preguntaba yo al taxista en mi campaña de proselitismo político a favor de la “China”. “Keiko señor”, me decía mientras se ponía una gorra anaranjada con el nombre de la candidata escrito en letras grandes. “Keiko señor, pero aquí en la región de Puno gana Humala” nos advertía con algo de preocupación. Durante casi una hora hablamos de Chávez y del elenco de cocos de la izquierda de nuestro querido continente, conversamos entretenidos con el chofer sin sospechar que el soroche (mejor conocido como mal de altura) nos preparaba una emboscada. Llegamos al hotel y luego de una siesta partimos a explorar el centro de Puno (nuestros flojos glóbulos rojos, sin sospecharlo nosotros, perezosos llevando y trayendo migajas de oxígeno). Como no había taxi tomamos una camioneta publica algo oxidada (si, se notaba que no éramos oriundos de Puno) y nos quedamos donde comenzaba una larga feria callejera de comida y mirinaquis.

“Si me desmayo no te asustes, solo atajame y ponme alcohol en la nariz” me dice Vanessa, asi de repente, al poco rato de comenzar nuestro paseo. Yo, que estaba disfrutando el espectáculo de fritanga y curiosidades, apure el paso para encontrar un restaurante (preferiblemente con suelo alfombrado) donde poder comer algo. No, Vanessa no se sentía bien; nos sentamos en un comedor no tan glamoroso y pedimos una pizza mientras yo repasaba mentalmente todo lo que aprendí en los cursos de resucitación y primeros auxilios que me dieron hace 26 años en el colegio en Caracas. Terminada la pizza, y aún sin desmayarse, tomamos un taxi de vuelta al hotel no sin antes comprar unas pastillas contra el soroche de color muy amarillo y tamaño descomunal.
“Keiko o Humala señor?” en mi campana de conversión de taxistas. Siete soles más tarde llegamos al hotel a descansar. Cenamos ligero y a dormir. Media hora después me levanté con sed y todo el dolor de cabeza del mundo, "debe ser solo sed, a mi no me da mal de altura" me dije mientras me tomaba una botella de agua. Al rato mas dolor de cabeza, algo así como si tuviera atrapado un pájaro carpintero detrás del ojo. No tardaron en manifestarse los demás síntomas, la noche entera vomitando con insomnio y mareo, durmiendo solo a ratos, soñando con que me obligaban a jugar de delantero contra la selección de fútbol de Bolivia a 4.000 metros de altura en la Paz. Siete largas horas más tarde, entre sueños y pesadillas, me levante, me duche y baje a la recepción a pedir que me dieran alguna pastilla o llamaran a un chamán. “Quiere que le demos oxígeno señor?” y al rato yo sentado en el lobby sonriente (de lo más cool y seductor) abrazado a la bombona. En menos de 24 horas nuestro paseo, nuestra aventura de jovenes energéticos se había convertido en una excursion de la tercera edad.


Esa mañana tomamos un pequeño barco en el muelle del hotel para ir al otro lado del lago, a la pequeña Isla de Suasi donde pasamos las siguientes dos noches. En el camino nos paramos primero en Uros, una comunidad de unas 2.000 personas que viven desde tiempos inmemoriales en islas hechas por ellos mismos a base de totora, una especie de junco que crece en el lago. Los Uros fueron empujados a sus islas vegetales por los otros habitantes del altiplano hace cientos de años. Parias del lago, siguen viviendo desde entonces en grupos de varias familias en islotes interconectados que dependen del turismo y de la artesanía. Tropas de turistas, nosotros éramos siete, se bajan en las islas para aprender cómo las construyen, para que les muestren cómo cazan pájaros, crían truchas; para ver sus pequeñas casas y para escuchar -con algo de pena- como cantan en inglés y francés con acento aymara (Sur le pont de Avignon y Twinkle twinkle little star). Al pie de la choza que visitamos había amarrado un cormorán de ojos azules “la sangre cura la epilepsia” nos dijo el señor Uro y al lado un flamingo blanqueado “la sangre de flamingo cura los dolores de parto”. Justo al lado un pequeño lorito desaliñado “ese no cura nada, ese me lo compre en un viaje a Arequipa” (y yo preguntándome cual sangre cura el soroche). Luego de un corto viaje en barco de totora, las mujeres de la isla remaban mientras los hombres nos decían adiós, nos montamos en nuestro bote y seguimos rumbo a la isla de Taquile.
Taquile es una verdadera isla, de las más grandes del lago, ha estado habitada desde hace aproximadamente diez mil años primero por Pukaras, luego por Tiahuanacos y finalmente por los Incas. Pedro González de Taquile compró la isla en 1580 y no fue hasta 1937 que los locales la recuperaron. Hoy en día viven en la isla alrededor de 1500 habitantes en seis comunidades que viven de la agricultura (la isla está llena de antiguas terrazas donde siguen sembrando cebada, maíz, papa, quinoa y trigo). Nos esperaban en la orilla un grupo de mujeres tejiendo y tres hombres que nos mostraron sus costumbres y vestimentas. Un pequeño baile (no muy agitado porque aún estaba recuperándome del soroche) y de vuelta al barco.


El Titicaca es el lago navegable más alto del mundo y con 8300 kilómetros cuadrados el mas grande de América del Sur (el de Maracaibo en Venezuela es en realidad un estuario). El agua del lago, calmada y fría, calmadísima, es de un azul hipnotizante. En nuestro viaje lo recorrimos de norte a sur muy cerca de la frontera con Bolivia donde, si el dia no esta nublado, se ve una hermosa cordillera de nevados (Bolivia tiene 40% de la extensión del lago. Se dice que fue en la Isla del Sol del lado boliviano donde nació la civilización Inca). Hay muchos pájaros; patos negros y de colores, gaviotas blancas, cormoranes y un pájaro endémico que se llama el zambullidor porque nada bajo el agua en vez de volar cuando quiere escaparse. Luego de cuatro horas y media de viaje finalmente llegamos a nuestro hotel en Suasi, una pequeña isla deshabitada cerca del pueblo de Cambria. Suasi pertenece a la señora Marta Giraldo quien la heredó de su familia. Nos cuentan que fue su abuela (o tal vez su bisabuela) quien la compro (o tal vez invadió) a finales del siglo XIX. Marta, quien se ha dedicado desde hace muchos años a estudiar el ecosistema y las culturas de la zona, vive en una pequeña casa, muy modesta, al costado del hotel.
El Hotel Isla de Suasi tiene solo 23 habitaciones y está diseñado con la idea de que tenga bajo impacto ambiental, está construido con materiales locales respetando el carácter de la isla y toda la energía que utiliza es solar. Con nosotros había solo otros dos grupos. Tres franceses de Marsella amables y despeinados (a quienes bautizamos la familia L’Oreal) y dos inglesas, mama e hija, que habían dejado al papa en Miami mientras ellas exploraban Perú. Suasi es un destino de contemplación, las actividades son caminar por la isla, ver las estrellas, pasear en kayak y sentarse en la terraza de flores a leer y ver los infinitos pájaros (sobre todo los colibríes, hay seis especies en la isla que se dan un banquete de néctar todas las mañanas). En Suasi no hay que estar en ningún lugar a ninguna hora, no hay apuro, no se puede llegar tarde a nada, no hay enchufe en las habitaciones ni tampoco secador de pelo. La comida es maravillosa y sencilla, quinoa y kiwicha en todas sus variaciones, vegetales frescos y la mejor trucha. En la isla el censo es sencillo: hay 12 alpacas y 8 vicuñas salvajes, muchas vizcachas y uno o dos zorrillos. Hay un solo sendero que va del hotel a la cima más alta desde donde se ve el atardecer. Arriba, en la cima, hay decenas de montículos de piedras que la gente hace, me dicen, para pedir deseos. Subimos una tarde y nos quedamos viendo las nubes, el sol y el agua, los tres enredándose con el horizonte. La familia L’Oreal y las dos inglesas se van al dia siguiente asi que nos quedamos solos en la isla con Josué, un encantador mesonero que amablemente nos lleva oxígeno al cuarto en la tarde y antes de dormir. Salimos a navegar en kayak, yo atletico y musculoso remando a grandes velocidades, el agua calmada y el clima perfecto.
Llega el momento de volver, en el barco que nos busca llegan tres suizos, Josue sale a atenderlos y nosotros, descansados con ganas de quedarnos más tiempo, nos despedimos de la isla. El viaje de vuelta es más corto, dos horas y media, estamos en Puno a las 4.00 de la tarde sentados en el lobby de nuestro primer hotel recordándonos de Suasi y sus sopas. El avión sale en unas horas. Mientras tanto voy al pueblo a comprar unas pastillas para el dolor de cabeza y chocolate, de vuelta le pregunto al taxista “Keiko o Humala?” y me dice Humala. Le cuento historias de terror de Venezuela, que no hay agua ni luz, que el crimen es incontrolable, que el que tenga un dolar va preso, que si gana Humala seguro le quitan el taxi. Le digo que Humala es como el soroche. Ahora que lo pienso bien no creo que el señor entendio mi metáfora.








































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