Feliz en Trieste
- henrygru0
- Apr 7, 2021
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Updated: Apr 10, 2021

Siempre me ha fascinado la idea de las ciudades gemelas. Todas la municipalidades del mundo tienen la curiosa costumbre, poco conocida además, de inventarse parentescos con municipalidades de otros países. Los Concejos municipales se reúnen y decretan hermandades con ciudades lejanas, construyen genealogías complicadas que se extienden por todos los continentes, se inventan familias a la manera de los niños huérfanos. A veces el gesto tiene claras connotaciones políticas, (Caracas, por ejemplo, es ciudad hermana de Teherán y Minsk) pero la mayoría de las veces, al menos a primera vista, no hay coincidencias claras ni sintonía alguna, se trata de un afecto arbitrario: Hollywood (donde vive mi hermano en el sur de la Florida) es, por ejemplo, ciudad gemela de Lechería en Venezuela y Cochabamba en Bolivia es hermana de Miami.
Algunos, al menos yo, tenemos tambien, igual que las municipalidades, una lista de ciudades con las que nos une un extraño parentesco. El proceso de selección es probablemente igual de arbitrario pero más sentimental, más personal. No me refiero a mi parentesco con mi ciudad natal, la ciudad donde crecí o estudie, o aquella donde se criaron mis abuelos, hablo de conexiones menos evidentes, más azarosas, más difíciles de explicar. Estamos emparentados, al menos yo, con ciudades a las que nunca he ido pero que siempre he querido visitar. La atracción por estas ciudades nace de manera espontánea e inesperada, comienza con alguna anécdota que escuchamos, con algún comentario casual de un amigo o un profesor querido, con una foto o una postal, una película, un artículo de periódico, a veces basta con un párrafo de algún buen escritor. Para mi sorpresa he descubierto que estas pequeñas seducciones no desaparecen por sí solas. Muy por el contrario, tienden a crecer llegando a coquetear con la obsesión. Esta liga de ciudades, unas ocho o nueve en mi caso, comienzan a ocupar, merecida o inmerecidamente, un lugar en nuestro imaginario, las romantizamos, hablamos de ellas como si las hubiéramos recorrido, conocemos sus calles, las sentimos familiares, crecen inmensas en nuestro atlas hasta que un día, finalmente, las visitamos. Así fué con Trieste.


La primera vez que me tropecé con Trieste fue en una colección de tres tomos sobre la segunda guerra mundial que leía una y otra vez cuando tenía 9 o 10 años en la muy pequeña biblioteca de nuestro apartamento en Caracas en lo alto de la Alta Florida. Era en el tercer tomo donde había una foto de un convoy de soldados americanos detenidos en la intersección de una carretera en algún lugar de Europa. Al costado había un letrero grande y maltrecho que apuntaba a la derecha y decía Trieste. No sabía yo, probablemente tampoco ellos, qué tan lejos estaba la ciudad ni en qué país quedaba, si estaba en manos de los aliados o de los alemanes, lo que si me quedaba claro era que la columna entera de soldados tenía apuro por llegar allí, algo importante ocurría en Trieste.
Mi segundo tropezón fue de la mano de Rafael Castillo Zapata, profesor y querido amigo, que una tarde me mostró un pequeño libro color lila editado por el Fondo de Cultura Económica que se llamaba Los Misterios de Trieste, una recopilación de artículos sobre la ciudad: “Léelo Dani, te va a gustar”. Leyéndolo y releyéndolo descubrí el significado del adjetivo triestino y entendí mejor el apuro y empecinamiento de aquellos soldados por llegar a Trieste. En aquel librito, que aun tengo y que releí hace unas semanas, aprendí sobre el agotador vaivén de la ciudad, a ratos austro-húngara, a ratos italiana, yugoslava e independiente, precariamente colocada en una de las fallas tectónicas de Europa, en la frontera de las fronteras. Como ocurre a menudo con las ciudades donde las culturas se encuentran, son a la vez fuente inagotable de creatividad y muro de contención de los más atávicos nacionalismos, pluralidad y tolerancia y al mismo tiempo escenario de injusticias y de los más bochornosos prejuicios. En Trieste vivieron y escribieron James Joyce y Rainer Maria Rilke, por allí pasó Freud (en una práctica académica diseccionando cientos de anguilas para comprobar su sexo), la recorrió Kosovel (el prolífico poeta esloveno, siempre joven, muerto de meningitis a los 22 años), allí nacieron y crecieron Italo Svevo y Umberto Saba, cómodos e incómodos con sus pseudónimos, buenos escritores.
Mi tercer tropezón fue de hecho con Saba cuando me pidieron, allá en mis tempranos años universitarios, que moderará un panel pequeño e informal con un par de escritores venezolanos a propósito de la edición en español de “Cancionero”, su obra más importante. Recuerdo que leí y releí el poemario, volví a recorrer las colinas de la ciudad que nunca había visitado, no paraba de imaginarme a Saba sentado en Antiquaria, su librería que aún hoy existe en la vía San Nicolo. De vez en cuando, sobre todo cuando veía el mapa de Europa, mi mirada se desviaba hacia Trieste, una pequeña ciudad ya casi en la rodilla allí donde termina la cremallera de la bota italiana.

Este año se me ocurrió correr el maratón de Ljubjlana y me dije que había llegado el momento de pasear por Trieste. Volamos a Eslovenia, alquilamos un carro y manejamos rumbo a Bled, una pequeña ciudad (como todas en Eslovenia) a la orilla de un lago de fantasía. Era otoño, los árboles apenas comenzaban a cambiar de color, había sol y algo de frío. Nos hospedamos en Villa Bled, una casona inmensa y cuadrada de arquitectura comunista muy cerca del lago. Nos tocó una habitación gigante, “era la suite donde dormía Tito” nos dice el empleado de la recepción con una sonrisa mientras nos da la llave. Tres habitaciones en una, un escritorio, sofás y sillas, cuatro camas y al fondo un baño inmenso y muy blanco. Cuántos micrófonos viejos quedarán todavía escondidos, olvidados, en las paredes de la habitación, qué conversaciones habrán escuchado estos muebles, qué habrán sentido cuando se entraron que se desgajaba la compacta Yugoslavia. Bajamos decididos a desafiar el jet lag, tomamos unas bicicletas y nos fuimos a darle al menos una vuelta al lago. El paisaje es de cuento de hadas, una iglesia en una pequeña isla que se refleja en el agua transparente, un castillo colgado de las rocas rodeado de árboles y banderas, cisnes blancos nadando despacio, en cualquier esquina una doncella en apuros, un príncipe encantado y un travieso dragón. Nos sentamos al borde del agua a comer dos milhojas (mil setecientas cincuenta yo, doscientos cincuenta Vanessa) y a contemplar el paisaje. Había pocos turistas, apenas unas señoras mayores alemanas con zapatos marrones y pelo perfectamente laqueado.
Al día siguiente una excursión por un cañón en la montaña y de allí a visitar una cueva que se esconde profunda entre la piedra caliza en la región del Carso en la frontera con Italia. Se siente que estamos más cerca del mediterráneo, hay sol, algo más de calor, la piedra es blanca, todo es un poco más resplandeciente.
A Trieste se le llega desde arriba, a unos diez minutos de la frontera comienza una bajada verde y al fondo se ve la ciudad recostada sobre la ladera frente al mar. Es pequeña, unos doscientos mil habitantes tal vez, y calmada. Se siente como si todavía estuviera algo aturdida, recuperándose del agotamiento de finales del siglo XIX y comienzos del XX, como si necesitara descansar del jaloneo de tantos años, todavía de reposo tratando de descifrar el amasijo de identidades (Trieste italiana, Trieste judía, Trieste levantina, Trieste eslovena, Trieste austro-húngara). Nuestro hotel, el Savoia, es la grande dame de la ciudad, un antiguo edificio de piedra impecable de cara al mar. Esa noche, luego de un paseo corto por la piazza, cenamos en Afugatto, un rincón perfecto de buen vino y mejor aceite de oliva, de sepias perfectamente cocinadas y pastas exquisitas. Italia es Italia. Trieste tiene buen café, su alcalde por varios años fue el mismísimo Illy así que no es difícil encontrar dónde comer postre y tomar un buen cappuccino. Trieste es famoso también por el Bora, un viento huracanado que a partir de octubre baja de los Alpes Julianos barriendo la ciudad. A la mañana siguiente al despertarnos nos asomamos por la ventana y vimos el mar despeinado, los barcos bamboleándose, lluvia de esa que cae horizontal, era el legendario Bora. Nos armamos de valor y salimos a pasear, a los tres minutos nuestros paraguas quedaron patiquebrados en la acera, nosotros (cual Dorothy y Toto) caminando contra-tormenta camino al célebre restaurante da Pepi, a unas cuadras del hotel, a probar pernil y cortes afines y una cerveza. De allí a almorzar de nuevo en un pequeño restaurant donde entró Halam Ditek Kaosob, un amable senegalés, a vendernos pulseras. “Esa es contra las pesadillas y el reumatismo” nos dice serio cuando le señalamos una que nos llamó la atención. La compramos. Esa tarde paseamos empapados por la ciudad, compré algo de ropa para verme apuesto como el más apuesto de los italianos, compramos vino de la zona y volvimos a cenar bien. No podía parar de imaginarme todas las historias de Trieste y sus protagonistas, Saba armado sólo de un paraguas luchando contra el Bora de la casa a la librería.
A la mañana siguiente salimos rumbo a Kobarid en Eslovenia, en el camino nos paramos en el Castillo del Duino donde Rilke se inspiró para escribir sus célebres Elegías. Un castillo, algo venido a menos, en una ubicación espectacular sobre un acantilado al borde del mar. Todavía propiedad de la familia Tour y Taxi, de largo abolengo, los cuartos están repletos de memorabilia. Fotos amarillentas de la más rancia monarquía europea, cuadros de árboles genealógicos que se remontan al medioevo (algunos ya talados, otros débiles, huecos o quejumbrosos), medallas, antigüedades empolvadas y varias fotos de Rainer Maria pensativo, inspirado. Es casi imposible decir cuando salimos de Italia y entramos en Eslovenia, la frontera –que se lo iban a imaginar esos pobres soldados del libro- es hoy indistinguible. La carretera a Kobarid es hermosísima, gran parte del camino bordeamos el río Soca de azul turquesa imposible. Al llegar al pequeño pueblo de Livek subimos montaña arriba, muy arriba, hasta llegar a nuestro bien llamado hotel Nebesa (que quiere decir “cielo” y “paraíso” en esloveno). Nebesa es difícil de describir, son cuatro casas de madera de inmejorable gusto asomadas a los Alpes, arropadas por las montañas nevadas con el río azul a la distancia. Cada casa tiene una terraza, al frente rebaños de venados rojos y toda la pradera del mundo, verde y hasta donde la vista alcanza. Los dueños, Katjia y Bojan, son una pareja encantadora que encontró paz en las montañas y se rehusaron a guardar el secreto. Construyeron el hotel y reciben visitas junto a sus dos perros negros. Cada cabaña está construida al estilo de las construcciones de los campesinos de la zona, en el segundo piso, en la buhardilla, está la cama. Abajo una sala amplia donde tomar vino acompañados de las montañas. Al margen del río Soca se libró una de las más cruentas batallas de la Primera Guerra Mundial, por varios años estuvieron los italianos y los austro-húngaros atrincherados viéndose a los ojos, avanzando y retrocediendo unos pocos metros, sufriendo el invierno, embarrados, hambrientos, mutilados, incapaces de recordar con con el paso de los años por qué había comenzado la guerra. De un lado Hemingway, el joven Hemingway, de voluntario con los italianos; del otro Erwin Rommel, el zorro que aún no conocía el desierto, apenas teniente con el ejército alemán. En el pueblo de Kobarid abajo en el valle hay un pequeño museo con la historia de la larga batalla, arriba se pueden visitar las viejas trincheras.
Paseamos, manejamos por los estrechos caminos de montaña, el cielo azul, el aire fresco, decenas de cipreses al borde de la carretera, yo repitiéndome a mi mismo y a Vanessa que tenemos que volver a Nebesa. No sé si será por el silencio y el paisaje o por la pulsera que le compramos al bueno de Halam, lo cierto es que esa noche dormimos maravilloso, largo, felices.



































































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