En San Petersburgo y Moscú con mi sobrino "Arie el Grande"
- henrygru0
- Apr 7, 2021
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Updated: Apr 10, 2021

Uno llega a Rusia en JFK en el momento que la aeromoza de Aeroflot vestida de naranja chillón (muy muy chillón) te da la bienvenida en la puerta del avión (para darles una mejor idea, si uno ve en el automercado una naranja de ese color uno jamás se la comería). Anuncian que el vuelo durará nueve horas y que la película que van a pasar es la novísima “Marley and I”, el senor de mi lado no huele muy bien. Voy camino a Moscú a encontrarme con Arie mi sobrino, una semana juntos en Rusia, su regalo de graduación de bachillerato. Voy a pasar seis días con mi sobrino que va a entrar a la universidad en el otoño, ya no es el sobrino chiquito de antes, este viaje es con "Arie el Grande".
Para Arie la Unión Soviética es lo que para mi fue el imperio Austro-Húngaro. No tiene memoria de las siglas URSS o CCCP, la plaza roja es cualquier plaza, la palabra Kremlin le suena a nombre de banda de rock; el elenco de Lenin, Stalin y Trotsky con sus barbas y bigotes, Kruschev y toda esa pandilla con ojeras y cejas mal peinadas, son todos difíciles de diferenciar. Rusia le suena bien para comenzar el viaje pero no le suena a mucho más. Yo, que nací unos años antes que Arie, que viaje con mis padres por la Yugoslavia de Tito, por Praga cuando era Checoslovaquia (ese siamés que una noche separaron), que estuve en Budapest cuando Hungría aún no había salido del larguísimo invierno, que pasee por Berlín cuando todavía eran dos y acababan de agujerear el muro, yo si estaba muy curioso por conocer Rusia, por descubrir cuánto queda de ayer y como es hoy. No tarda mucho uno en darse cuenta de que veinte años no es tanto tiempo, que no hace tanto que se acabó el comunismo, que, como el águila bicéfala de los Zares que ahora sirve de símbolo de la Federación, los rusos ven doble; a veces de cara al futuro –capitalista, bilingüe, cómodo, frívolo- a veces de cara al pasado –malhumorado, impráctico, arbitrario, orgulloso-. Las mujeres rusas, al menos muchas de ellas, caminan por las calles con zapatos de tacón muy alto que les quedan una talla pequenos; asi se siente el país, como si la ropa no le quedaría bien, algo grande, algo pequeña, todavía mal combinada. Se siente como si Rusia no supiera muy bien que guardar y que botar de su viejo ajuar. La hoz y martillo todavía se ven, como en el logo de Aeroflot y en los frisos de algunos edificios, todavía hay gente haciendo cola –no solo turistas- para ver el cuerpo embalsamado de Lenin en un edificio rectangular en la plaza Roja mientras que a unas cuadras hay hileras de restaurantes de comida rápida empapelados de propaganda occidental. Nosotros fuimos a ver a Lenin, hicimos una cola corta bajo la lluvia y entramos en el pequeño bunker oscuro dónde está Vladimir con los párpados cosidos y el goatee bien peinado. El espacio es solemne, oscuro, hay que pasar rápido y en silencio –como si tuvieran miedo de que se despierte-. A la salida las tumbas de Stalin, Brezhnev y otros grandes del partido enterrados junto a Reed el periodista americano que escribió y probablemente les sigue leyendo al oído “Los diez días que sacudieron el mundo” y sobre cuya vida se basa la película Reds. El Kremlin y la plaza roja impresionan más por lo que fueron que por lo que son. Infinitos grupos de turistas los recorren de arriba a abajo, las cámaras y los flashes le han hecho a la plaza lo mismo que Korda le hizo al Che con su famosa foto. Ernesto y la Plaza Roja ya no intimidan, ahora son Warhol, franelas y souvenirs, puro pop.
Moscú es una ciudad cara, grande, caótica, con casi ningún anuncio en nuestro alfabeto y muy poca gente que habla inglés. Nos aventuramos río abajo con dos cervezas en un pequeño barco para luego caminar de vuelta. En esta época del año los días no se acaban, a las once de la noche comienza a oscurecer, el cielo se pone de un azul maravilloso, intenso, hipnotizante y amanece de nuevo antes de las cinco de la mañana. Para nosotros, que nacimos en el trópico, es una sensación extraña. Es como ver a alguien dormir con los ojos abiertos. El dia que llegamos era el día nacional de Rusia así que a medianoche nos dieron la bienvenida con un espectáculo de fuegos artificiales que explotaban tan cerca que había que cerrar la boca para no tragar pólvora y papel.
Para sumergirnos en la cultura rusa había que ir a un baño tradicional, un Banya, uno de esos clubes donde señores gordos y peludos pasean desnudos de sauna en sauna cayéndose a golpes con ramas de quien sabe que (http://www.youtube.com/watch?v=6CEWz2oU044). El club funciona en el mismo lugar desde hace doscientos años, al pasar la puerta se viaja en el tiempo. En el primer cuarto hay cinco o seis hileras de sillones de cuero donde la gente se sienta en cueros, uno al lado del otro, a relajarse viendo televisión, a tomar cerveza y comer encurtidos. Empleados vestidos de blanco van y vienen con toallas y jabones atendiendo a los clientes que entran y salen de la sala donde están las duchas, la piscina y el sauna. Nos levantamos y entoallados –todavía con algo de pudor- entramos por esa puerta a la Rusia profunda. Al poco rato nos conectamos con nuestras raíces eslavas y nos descubrimos desnudos sentados en el sauna viendo como se caen a golpes de rama. Sudadisimos y acalorados salimos del sauna y nos metemos –como hacen ellos- en unos barriles de agua fría. De allí a nadar un rato (desnudos por supuesto) en una piscina con adornos romanos y de allí otra vez a comenzar el mismo circuito. No tarda en escurrirse la vergüenza (y la grima) con las toxinas y el sudor. Luego de varios chapuzones nos secamos y salimos a sentarnos en nuestro banco de cuero a tomar una cerveza y descansar. El ultimo dia en Moscu lo dedicamos a la vanguardia rusa en un museo olvidado río abajo, un edificio rectangularsisimo que bordea un parque donde guardan las cabezas de Lenin y Stalin que decapitaron hace veinte años. Nos entretenemos por unas horas viendo a Malevich, Larionov, Kandinsky, Goncharova, Filonov y las fantasías de Chagall. Tarde esa tarde tomamos el tren rapido a San Petesburgo que llega casi a medianoche cuando apenas comienza el dia.
Arie el Grande y yo pasamos cuatro días en la ciudad de Pedro el Grande (que primero se llamó San Petersburgo luego Petrogrado luego Leningrado y ahora, de nuevo, San Petersburgo). Escudriño mi memoria para ver que se de la ciudad y me doy cuenta que no mucho. Se que a San Petersburgo llegó Francisco de Miranda luego de pasar por Kiev y conocer (conocer bien dicen algunos) a la emperatriz Catalina, recuerdo el maravilloso libro "Hunger" de Elise Blackwell que narra las penurias del cerco alemán de Leningrado (1941-44), recuerdo también un impactante documental sobre el mismo tema que vi en una sala casi vacía en NY hace unos años, algunas referencias vagas de la revolución rusa y el bien merecido asesinato de Rasputín, varias recomendaciones de gente que pasó de visita ("No te pierdas el Hermitage ni el paseo en barco para ver los puentes que se abren de noche"). San Petersburgo es una ciudad turística y hay que visitar, por que no, lo que los turistas visitan.
Nuestros días los pasamos recorriendo las calles de la ciudad y su laberinto de canales, visitamos el museo de zoología (conmovedoramente decrépito) para ver los dos bebe mamuts congelados, los mismos que aparecieron en el programa de National Geographic, entramos al museo etnográfico a ver la colección de monstruosidades del Zar (todas la deformidades físicas que pudieron reunir en el imperio), el museo Ruso para ver de nuevo a Malevich y Filonov (allí descubro al talentoso Boris Grigoriev), la casa de Nabokov, dos o tres catedrales de techo de cebolla y dos sesiones en el impresionante Hermitage. Si, no importa cuanto te advierten sobre la belleza del Hermitage no deja uno de sorprenderse con el edificio y la colección que guardan en lo que fue el antiguo palacio de invierno de la Zarina. Cuartos y cuartos de objetos, momias, joyas, carrozas, vestidos, tapices y cuadros, haciéndole de fondo a Da Vinci, Rafael, Miguel Ángel, Rubens, Rembrandt, Matisse, Picasso, Van Gogh, Gauguin, Velázquez, Murillo, Zurbarán....... Un verdadero laberinto de arte donde es fácil perderse. Esa noche nos tropezamos con un concierto de Sting con la orquesta filarmónica, compramos tickets, que placer escucharlo bajo el azul claro del cielo de medianoche.
Caminamos infinito, hablamos por horas, nos reímos de necedades, le conté a Arie de la familia, de mi papa que se murió cuando él tenía apenas siete años y de mis abuelos que nunca conocí, de mi hermano y yo cuando eramos pequeños, del cuarto que compartimos y de lo bueno que fue, nos contamos historias, compartimos las anécdotas de sus meses en Israel hace unos días y de mis meses en Francia hace unas décadas (allá en la prehistoria cuando no había internet ni celulares), nos reímos mucho. No podía dejar de ver en él y en sus gestos a mi hermano, a mi mismo, el placer de ver al Arie pequeno que se hizo grande. Cuando me despedí de el ayer en la mañana me provocó abrazarlo y darle un beso. Lo hice, lo hice a pesar de que hacia dias que no se había afeitado.































































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