El "Zvuv" de la Ciudad Perdida en la Sierra Nevada de Santa Marta
- henrygru0
- Apr 7, 2021
- 17 min read
Updated: Apr 9, 2021

Mi papa, que siempre vivió en un consomé de idiomas (hebreo, yiddish, español y rumano con el aderezo de unas cuantas lenguas mas) tenia muchas expresiones coloridas que, al menos en nuestra casa, eran parte de una lingua franca que todos entendíamos. Cuando, por ejemplo, a uno se le metía una idea en la cabeza, una de esas ideas que revolotean sin parar y que no encuentran la salida, mi papa nos decía que se nos había metido un "Zvuv" en la cabeza. "Se te metio un zvuv" nos decía con su acento fuerte señalando con el dedo en la sien, y al rato aclaraba: "Zvuv es mosca en hebreo". Yo, todavía pequeño, me imaginaba un mosquito gigante, trompudo y zumbón dando vueltas en mi cabeza, pegándose golpes contra el cráneo como las moscas esas que testarudas o cegatonas se daban contra los vidrios de nuestro apartamento. Me preguntaba, sin poder encontrar la respuesta, como era que entraban los zvuvs, cuando y por donde. Esta, la de la Ciudad Perdida, es la historia de un Zvuv.
Hace años, en 1996 o 1997, durante una pausa en una reunión de trabajo en Colombia (una de las muchas para tomar café y agua aromática) alguien comento sobre una ciudad precolombina perdida en la selva de la Sierra de Santa Marta, una ciudad que como Machu Pichu había permanecido bajo la vegetación por varios siglos y que apenas había sido descubierta a comienzos de los años setenta. Venir yo a encontrar tamaña mosca en una reunión de trabajo con Texaco en Bogotá. Aguijoneado, mi atención totalmente cautiva, comencé a interrogarlos sobre el lugar. No sabían mucho, ninguno de ellos había ido, ninguno de ellos tenía la intención de ir, ninguno de ellos conocía a nadie que hubiera ido. Alguien había leído sobre el lugar, tal vez unas fotos, habia escuchado que saqueadores de tumbas la habían descubierto en medio de la selva. Sin darme siquiera cuenta el Zvuv había entrado y aleteaba feliz en algún rincón de mi meninge. Era comprensible que nadie quisiera ir, a finales de los años 90 la Sierra Nevada de Santa Marta, como mucho otros lugares de Colombia, formaba parte de ese país paralelo donde la guerrilla (las FARC y el ELN), los narcotraficantes y los paramilitares se paseaban a su antojo. La Sierra Nevada era en ese entonces, y lo fue por muchos años, una zona de producción de marihuana y coca. Les propuse ir a visitar Teyuna, que así se llama la ciudad, pero no me tomaron en serio. La idea era aún más descabellada viniendo de un mono ojizarco como yo (rubio de ojos azules), casi que el rehén ideal. Hasta ese momento mi único contacto con la Sierra Nevada había sido muy fugaz, unos minutos una tarde de 1991 asomado por la ventana de un vuelo de Viasa (QEPD) que iba de Caracas a Cartagena. El piloto, ilustrado el, nos comento que era la montaña litoral más alta del mundo y yo, que tenía la suerte de estar sentado del lado que era, me quede hipnotizado viendo los dos picos gemelos y nevados (el Cristobal Colon y el Bolivar, los más altos de Colombia con 5770 metros de altura). Al salir de la reunion en Bogota presentí que seria dificil deshacerme del Zvuv, era inevitable ir a la Ciudad Perdida.

Fue finalmente este octubre que decidí organizar la excursión. El último incidente en la zona había sido en el 2003 cuando un grupo de turistas, la mayoría de ellos israelíes, fueron secuestrados por el ELN mientras visitaban la Ciudad Perdida. 112 días después fueron liberados. Hice averiguaciones con amigos colombianos, con la poca gente que conoce el lugar, leí libros de viaje y blogs, pesquisas en youtube y noticias de periódico. Todos parecían coincidir en que era seguro hacer el paseo. Le escribí a unas tres agencias de viaje locales y solo una pequeña ubicada en Taganga, un pueblo de pescadores no lejos de Santa Marta, me respondió. Hable con Fanny la dueña de Magic Tours, me explico sobre el viaje, me dijo que podía hacerse en cinco días y cuatro noches, y me confirmo que habia cupo para enero. Colgué el teléfono y comencé a reclutar viajeros:
Yo: "Es un viaje por la montaña, de excursión durmiendo en hamaca, varios días en la selva hasta llegar a la Ciudad Perdida"
Ellos: "Adonde?"
Yo: " A la Ciudad Perdida, una ciudad que descubrieron hace poco en Colombia. Es como Machu Pichu"
Ellos: "Por que no vamos entonces a Machu Pichu?"
Yo: "La Ciudad Perdida es mas bonita, el camino es mejor"
Ellos: "Es seguro?'
Yo: "Claro"
Ellos: "Estás seguro que es seguro?"
Yo: "Claro" -con mi voz más convincente- "Yo voy a llevar mi pasaporte venezolano, por si acaso"
Ellos: "Y es canson?"
Yo: "Cualquiera puede hacerlo" (contestaba de buena fe, no sabia yo lo exigente que iba a ser el viaje desde el punto de vista físico")
Ellos: "Hay banos?"
Yo: "No"
Ellos: Adonde se vuela?
Yo: "A Barranquilla y de allí manejamos a Santa Marta"
Ellos: "Y como le explico yo a mi esposa?"
Yo: "Dile que es solo por cinco días, que va un gentio"
Ellos:"Quienes más van?"
Yo: "Te dije que un gentío"
Ellos: "Conoces a alguien que haya ido?"
Yo: "No"
Las llamadas terminaban con un sermón mío sobre lo fugaz de la vida, sobre la importancia de compartir con amigos, distintas versiones de una filosofía profunda que finalmente resumió con "a nadie le quitan lo bailao". Avísame, les decía a la manera de los infomercials, que solo hay cupo para 12 y se está llenando. Para mi sorpresa 8 personas confirmaron: mi hermano y mi cuñada, mi sobrino, mi primo José, el esposo de mi prima Maguy, mi sobrino mayor, una amiga cercana de mi primo, Meyer un amigo de la infancia que vive en Bogotá y Phil, un amigo americano a quien no había visto en casi 12 años. Sospecho que el vínculo familiar ayudó a persuadirlos. Phil era, sin lugar a dudas, el más valiente. Unas semanas antes del viaje la amiga de mi primo cancelo, se dobló el tobillo persiguiendo pájaros de colores en Papúa Nueva Guinea. Éramos 8 conmigo.
Luego de un fin de semana maravilloso con Vanessa en Cartagena (ya viene esa entrega del blog) salí rumbo a Barranquilla a recibir a mis amigos en el aeropuerto. Estaba yo impaciente esperandolos con esa emoción que se siente al comienzo de los viajes. Salieron sonrientes y limpios con sus mochilas al hombro. Nos saludamos con un abrazo y todos a la camioneta por una hora y media hasta Santa Marta. Llegamos al hotel, una pequeña casa colonial en el centro de la ciudad que, en un derroche de creatividad, se llama La Casa. Lo reservamos sólo para nosotros. Esa noche tuvimos una cena maravillosa de plátano con berenjena y robalo. Teníamos que levantarnos a las cinco y media de la mañana para salir a la Ciudad Perdida.
Teyuna, que es el nombre indígena de la Ciudad Perdida, fue uno de los centros rituales más importantes de la civilización Tairona y una de las ciudades precolombinas más grandes de América. Al llegar los españoles hacia finales del siglo XV a las costas del atlántico colombiano se encontraron con una cultura muy avanzada descendiente de los Chibchas que había surgido alrededor del siglo V DC. Los Tairona habitaron, y sus descendientes habitan aun, la Sierra Nevada de Santa Marta, una zona de alrededor de 17.000 kms2 (un poco más pequeño que Israel o New Jersey) que abarca casi todos los ecosistemas, desde playa y desierto hasta páramo y cumbres nevadas pasando por bosques y selvas. Por casi 75 años convivieron pacíficamente las dos culturas hasta que en 1599 tuvo un lugar un enfrentamiento que culminó con la captura y ejecución de varios caciques importantes y la derrota militar de los taironas (para ponerlo en contexto, los Aztecas y los Incas se rindieron a los españoles en 1521 y 1532 respectivamente, casi setenta años antes que los Tairona). La población indígena que sobrevivió se internó alto en la sierra y perdieron todo contacto con la civilización hasta que en 1875 la iglesia, por intermedio del padre Celedón, intentó convertirlos sin mucho éxito. Los Arsarios y los Kogis, descendientes directos de los Tairona han conservado casi intacta hasta nuestros días sus costumbres, idioma y modo de vida. Los dos grupos, que hoy no llegan a 10.000, son la única alta civilización precolombina que ha sobrevivido, visitar Teyuna es como visitar Machu Picchu y encontrarse con Incas viviendo en sus alrededores! Teyuna, que significa Madre Naturaleza, fue construida en la ribera del río Buritaca entre el siglo XI y el siglo XIII, varios cientos de años antes que Machu Picchu, y albergó unas 5.000 personas en su momento de más esplendor. Teyuna, lo que se visita de ella, es tan solo un 30 por ciento de la ciudad, el resto sigue bajo la selva. Se calcula que hay varios cientos de poblaciones similares que aún no se han descubierto. La mayoría de los Kogis viven en lugares remotos de la sierra que muy rara vez son visitados por personas ajenas a las comunidades.
A las cinco y media nos despertamos, a las ocho nos montamos todos (con nosotros vinieron Fanny la dueña de la agencia de viajes y su hermana Angélica) en un toyota destartalado y salimos rumbo a San Lorenzo, el caserío donde comienza la caminata. Nuestro chofer, Fidel, hizo una parada en el camino para echar gasolina. "Es la bomba de gasolina de Chávez" nos dijo mientras alguien salia a atendernos de detrás de un árbol con una gavera de botellas de refresco llenas de gasolina contrabandeada de Venezuela. Quien iba a imaginarse que nuestro paseo iba a ser patrocinado por el gobierno bolivariano, si se enterara Bolívar que murió en la quinta de San Pedro Alejandrino a unas pocas cuadras de la gasolinera furtiva. Quien sabe, pienso que probablemente estaría complacido de ver cómo nos ayudamos en lo que queda de la Gran Colombia. Almorzamos en San Lorenzo y a caminar por un sendero maravilloso, verde y vegetal. Ese primer día visitamos un pequeño pueblo Arsario (Wimake se llama) no lejos de un río al pie de una ladera. Entramos con permiso del Mama, que así se llaman los sacerdotes, y conversamos con el. En el pueblo viven unas 150 personas aunque ese día solo vimos a unos pocos porque en su mayoría estaban trabajando los conucos. Los Arsarios son, comparados con los Kogi, la tribu mas pequeña (unos dos o tres mil hoy en dia). Son descendientes directos de los Tairona, se visten de blanco y llevan sombreros de ala además de su mochila y el poporo de rigor. El poporo, que aparece en la mano del Mama en la foto, es un instrumento de calabaza donde guardan conchas de mar pulverizadas que mezclan con la hoja de coca para acentuar su efecto de la droga. El poporo lo reciben los hombres al llegar a la mayoría de edad y lo usan toda la vida. La saliva que queda en el palito con el que untan la cal la limpian en el exterior del poporo dejando una fina capa amarilla que se va calcificando con el tiempo. Mientras más años tenga el poporo más gruesa la capa. Hay poporos que llegan a pesar hasta 8 kilos. Al untarlo producen un sonido que cuando están en grupo hace las veces de mantra. Los Mama son quienes controlan la vida religiosa y cotidiana de la comunidad. Para llegar a serlo deben entrenarse por 18 años (a veces 36) siguiendo una rutina muy rígida. Son los Mamas quienes arreglan los matrimonios, resuelven disputas, hacen las adivinaciones, escogen donde fundar los pueblos y transmiten la rica tradición oral. Al llegar a la mayoría de edad los jóvenes varones deben permanecer despiertos por cuatro días y cuatro noches escuchando de sus Mamas (que son hombres) la lista de obligaciones que vienen con la adultez. Los Arsarios y los Kogis viven de sus conucos (maíz, yuca, coca, caña de azúcar, bananas) y de cerdos y pollos que crían. No cazan y rotan sus cultivos, viven en estrecha sintonía con su entorno (a la manera de Avatar salvando las distancias). Les hacemos un regalo, unas cajas de colores para los niños, y seguimos nuestro camino hacia el campamento de Filo de Cartagena. Quedamos todos pensativos, impresionados, algo perplejos luego haberle echado un vistazo a la América de antes de Colon. No podemos evitar compararnos con ellos, preguntarnos sobre las virtudes del Iphone y las cremas hidratantes, sobre nuestras preocupaciones y apetitos materiales, sobre nuestros fetiches y supersticiones.
De pronto encontramos, ya de tarde, una subida y comenzamos a dispersarnos de acuerdo con el grado de condición física. Los más sedentarios (cuyos nombres no serán revelados) se van quedando atrás mientras que los más aeróbicos, Leila a la cabeza, llevan la delantera. Comienza a anochecer, los primeros llegan al campamento y corren a las duchas; los otros, los más robustos (cuyos nombres no serán revelados) prenden las linternas y siguen avanzando cuesta arriba culpando, algunos, a sus unas y rodillas. El último llega siempre acompañado de la mano del bueno de Wilson, nuestro guia. Llegamos todos finalmente muy cansados a eso de las 7, nos duchamos, nos embadurnamos de repelente contra los mosquitos y a cenar. La comida es buena, la "salsa de hambrita" (como decía la abuela de dos buenos amigos) ayuda a que todo nos sepa delicioso. Nos dan el plan de vuelo del dia siguiente, nos advierten sobre las culebras y alacranes (Phil pregunta por el porcentaje exacto de mordeduras venenosas en los últimos años) y nos vamos a dormir la mitad en hamacas y la otra mitad en catres todos en un mismo cuarto. No tarda mucho para que comience el concierto de ronquidos, todos menos Marcos y Nadav participamos en la sinfonía. Henry se levantara a las 3 de la mañana en uno de los intermedios a comer caramelitos de esos que vienen envueltos en el papel celofán menos silencioso del hemisferio. El resto del grupo se lo agradecerá de todo corazon, se lo agradecerá y se lo recordara durante el desayuno y el resto del viaje.

El segundo día comienza con una bajada empinada que nos lleva a un río transparente y divertido, un río que nace en la nieve y los manantiales y que va zurciendo el paisaje, una cadena de pequeñas caídas de agua y remolinos, una trenza de agua fría. Nos ponemos nuestros traje de banos, algunos (cuyos nombres no revelaré) prefieren bañarse en interiores luciendo sus aguacates. El agua es friisima pero nuestras ganas de bañarnos son aún más fuertes. Comienza allí la subida más larga del viaje, varias horas (cuatro o cinco) de camino empinado y lleno de barro, unos treinta Sabas Nieves pegados, todos agotados con los pies y las medias mojadas tratando de adivinar si la próxima es la última curva. José, con mucho sudor y sin agua, se sienta en el fango a esperar que el próximo que pase le rellene su botella. "Estuve 18 minutos en el barro" nos dice esa noche, "me senté exhausto y les juro que pensé que si venía la FARC y me pedían que caminara les decía que mejor me matan". No llego las FARC, no hizo falta que José se inmolara, llegó Wilson (o algún otro con alma caritativa) le dieron agua y al minuto 19 ya seguía mi primo lleno de energía montana arriba comiendo galletas Oreo y comparando cuál de las dos rodillas operadas le había quedado mejor. Su cámara, sudada mojadisima, si murió esa tarde en el charco de barro. El camino era exigente pero hermoso, salpicado de palmeras de cera inmensas, el árbol nacional de Colombia, y millones de otros árboles frondosos que nosotros en nuestro analfabetismo botánico no podemos nombrar. En los claros se veía el espinazo de la cordillera y los verdes de mil tonalidades, las verdaderas esmeraldas de Colombia. Se acaba la subida, comienza una bajada y luego un camino muy lindo de sombras y helechos que lleva desde Paraíso hasta el campamento de los Altos de Mira, un puñado de chozas en un antiguo pueblo Tayrona al borde de la montaña con una vista de esas que los gringos dicen nos roban el aliento. Al llegar, a cuentagotas, los más atléticos de primero y los menos entrenados atrás, nos esperaba una sopa de verduras inolvidable que Freddy, el cocinero, nos preparó. Allí, comiendo sopa y tomando whisky, compartimos nuestras penurias mientras contemplabamos el maravilloso paisaje. La vista desde la ducha al aire libre era inmejorable, el barro en los zapatos imposible de limpiar. Marcos nos veía a todos apoyado en un palo que había encontrado en el camino, cansado preguntando por qué no estudio podiatria en vez de nefrología. Meyer, siempre vestido impecablemente en su ropa Acadia, nos advierte que solo trajo dos camisas y que lamentablemente la otra no se seco (http://acadia.com.co/acadiacolombia/tienda/tiendas.asp). Esa noche jugamos cartas, nos inyectamos voltaren, tomamos motrin, nos untamos desitin, cenamos sabroso y nos fuimos todos a roncar felices, a sonar con Teyuna y, algunos de nosotros (al menos José y yo), con las Oreo del dia siguiente.

De Altos de Mira salimos muy temprano luego de ver un fabuloso amanecer rumbo al río Buritaca y la Ciudad Perdida. "Es una subida un poquito empinada, luego vienen unas bajadas lisas, allí se pone más descansadito, al final llegamos al río Buritaca donde nos podemos bañar". Todos escuchábamos con escepticismo la descripcion de Wilson tratando de entender el verdadero significado de "empinada", "lisa" y "descansadito", preguntando cuantas horas "en tiempo nuestro" nos tomará llegar, envidiando la ligereza con la que los tres Arsarios que nos acompañaban subían y bajaban con nuestras mochilas a sus espaldas, dandole animo a nuestras rodillas y tendones. "Hoy ascenderemos para arriba por un rato y luego ascenderemos para abajo" nos aclaraba Wilson. Fueron 7 horas de caminata (otra vez) con una parada larga en el río para almorzar. El agua como siempre fría y divina, esta vez nos bañamos en interiores o con la ropa que llevábamos puesta, cada vez menos preocupados por el glamour. En este viaje nada de lo que llevábamos puesto se secaba. Para el tercer dia todos, aun los más precavidos, teníamos las piernas cubiertas de picadas de mosquitos, garrapatas, pulgas y afines. El agua que tomábamos, que los dos primeros días fue mineral en botella sellada, ya era de rio ("vale madres", le decía yo a Marcos, en realidad a el ya ni le importaba). Tarde esa tarde llegamos al campamento que queda cerca de la Ciudad Perdida, por primera vez no estábamos solos, en este campamento habian unos 30 o 40 turistas de todas las nacionalidades (de casi todo menos colombianos). Nuestra llegada subió por lo menos unos quince años el promedio de edad del campamento, unos quince años y unas cincuenta libras. Colgaron nuestras hamacas, cenamos (todos con mucha hambre menos una que perdió el apetito) y nos acostamos a dormir, a roncar felices soñando con Teyuna y (al menos yo) con la Nutella que Henry había traido. Esa noche los ronquidos pasaron desapercibidos por el ruido del río a nuestras espaldas, un cancelling noise natural a la manera de los audífonos Bose, decidimos que los proximos viajes podrían (o deberían) ser a Iguazu, el Niagara o el Orinoco. Marcos lleva tres noches sin dormir (ya no deja su palo, Henry le insiste que con un poco de práctica y fe puede abrir las aguas del río Buritaca).
Salimos temprano a la Ciudad Perdida. Cruzamos ese dia el río unas 10 veces hasta llegar a un recodo, a mano izquierda se ven unos escalones de piedra. A este punto llegaron en 1972 los primeros guaqueros, cinco dicen que fueron, y subieron al Infierno Verde - uno de los primeros nombres con el que bautizaron a Teyuna-. Por dos años fueron y vinieron cargando el oro Tairona que encontraban en el Infierno. Lo vendian en Santa Marta, despilfarraban el dinero y volvían a buscar más. La orfebrería Tairona es tal vez la más elaborada de Colombia y una de las más acabadas de toda América. El Museo del Oro de Bogotá, parada obligatoria, tiene una colección impresionante. Alrededor del ano 75 comenzaron a pelearse los guaqueros entre si, hubo muertos, y Frank Rey, uno de los cinco guaqueros originales que aún vive y a quien apodan "El Abuelo" vendió al gobierno colombiano la localización de la Ciudad. Fue entonces cuando el Instituto Colombiano de Arqueología junto con el ejercito tomaron control del lugar. Decomisaron algunas de las piezas que habían encontrado los guaqueros y comenzaron los trabajos de excavación y reconstrucción. Wilson, nuestro guia, trabajo con ellos por siete años en Teyuna. Son casi 1900 escalones de piedra hasta la cima (quién los habrá contado), todos perfectamente colocados, una escalinata al cielo rodeada de verde, un ascenso místico entre un laberinto de ruinas, nos imaginamos cómo habrá sido en todo su esplendor hace 400 años, los colores, olores y sabores, los Tairona subiendo y bajando atareados, todos en total sintonía con la naturaleza que los rodeaba. Subimos poco a poco, boquiabiertos, cuesta entender cómo construyeron la ciudad (no conocían la rueda ni tenían animales de carga), cada tanto hay estructuras circulares de piedra donde una vez hubo chozas de madera (unas 170 terrazas más o menos). En el camino nos enseñan un antiguo mapa de piedra que muestra Teyuna como una ciudad más en una red inmensa de caminos y poblaciones que se extiende por toda la sierra. Cuantas Teyunas habrá todavía durmiendo en la selva? Hasta donde llegara la telaraña de escalones? Las excavaciones se detuvieron a petición de los indios a mediados de los años ochenta, de la propia Teyuna apenas se ve un 30 por ciento. "Allí hacia la derecha a cuatro horas de camino de piedra" nos dice Wilson "hay otra ciudad Precolombina" (si, Wilson dice Precolombina). Para los Kogi y los Arsarios Teyuna sigue siendo un lugar sagrado al que vienen a hacer ofrendas y rezar. A tres cuartos de camino nos encontramos con los primeros soldados, hay un destacamento permanente en Teyuna, unos diez militares bien vestidos y aburridos que posan contentos para las fotos. "No, aquí no hay guerrilla" nos dicen, ninguno de nosotros (ni siquiera Phil) les pregunta por las culebras. Seguimos maravillados, el centro ceremonial son tres círculos inmensos inmensos rodeados de escaleras y estructuras de piedra. Es paisaje a ambos lados, la ciudad es estrecha, es espectacular; palmeras inmensas, una catarata que cae y todo el verde del mundo. La temperatura es perfecta, el cielo muy azul, se nos olvida el cansancio. Vamos todos vestidos con una camisa blanca que Henry diseño (parecemos un grupo evangelizador o un paseo de fin de curso de weightwatchers), nos tomamos fotos, paseamos por las ruinas y bajamos por un camino paralelo impresionados, aún más, con la cantidad de calles, escalones y edificios que encontramos. De bajada las escaleras son aún más hermosas, los tres Asarios que nos acompañan las bajan saltando como hacía yo en mis mocedades con las escaleras de mi colegio (que tenían unos 50 escalones cálculo). Uno de ellos, el de quince años, nos cuentan que ya se caso y que su esposa acaba de dejarlo. Tal vez es por eso que baja tan contento.
En este punto, al llegar de vuelta al rio, comienza técnicamente el camino de vuelta que, como siempre pasa en este tipo de excursiones, se hace agotador. Hay que recruzar el río varias veces hasta llegar al campamento donde dormimos. Allí comemos almuerzo y comenzamos una caminata de cuatro horas, un subibaja interminable, "cuanto falta Wilson?" preguntamos y repreguntamos a la manera de nuestros hijos más pequeños. Una última recta antes de llegar con un precipicio a nuestra derecha "Aquí se cayó un israelí" nos cuenta Wilson y nosotros, en ese punto, con pie de plomo y rodillas de plastilina. Finalmente llegamos al campamento donde pasaremos la última noche, un techo de madera donde cuelgan las hamacas y un baño con tres duchas de agua de río que Leila dice huelen mal. Siete de nosotros escogemos nuestra esquina para poner las hamacas, Jose prefiere dormir en el set de la película Slumdog Millionaire, en una carpa pequeña en la esquina donde están los baños y los tendederos de ropa (si mis tíos lo vieran). Esa última noche, que era la primera vez en su vida que Marcos dormía en hamaca, fue la más interrumpida (de hecho Marcos aún no ha dormido en hamaca a pesar de que estuvo en ella toda la noche). Los ronquidos, la picazón ("Hijo, me pica mucho" decía Marcos toda la noche), el bamboleo de los vecinos (Marcos, el novato, especialmente), todo eso sumado a un perro negro simpatico y pulgoso (Tapete) que decidió dormir bajo mío y que no paro de rascarse toda la noche. A eso de las dos y media nos despertó la luz de tres linternas y una pelea entre borrachos: "Donde esta mi navaja?" repetía uno de ellos una y mil veces amenazando a los otros dos y yo, entre asustado y somnoliento, cruzaba los dedos para que no la encontrara en la hamaca de Nadav mi sobrino.
Cansados y adoloridos pero de buen humor nos despertamos temprano para nuestro ultimo dia. Sincerados ya, conscientes de la cantidad de ácido láctico en nuestras batatas, contratamos unas mulas para que nos llevaran el ultimo dia. Nadie quería caminar las siete horas hasta el pueblo de Machete Pelao, nuestra última parada donde nos esperaba el carro que nos llevaría a Santa Marta. Fuimos a buscar las mulas, "están a 200 metros de camino del campamento" nos dijo Wilson. Varios 200 metros más tarde, siempre acompañados de nuestra mascota Tapete, nos encontramos con las mulas. Las mulas son el animal mas inteligente del universo, "ustedes solo agarrense que ellas saben por donde pasar" y nosotros en un acto de fe agarrados fuerte a la silla de montar (algunos con los ojos cerrados) en las bajadas más empinadas del trópico, las mulas paso a paso comiéndose el camino. Seis horas con una corta parada para tomar algo preguntandonos como hizo Bolívar para ir y venir a Perú a caballo, sorprendidos de ver que habia otros musculos que no habíamos utilizado y que ahora también nos dolían. Las mulas llegaron, nosotros también. En Machete Pelao comimos pescado frito y tomamos cerveza. Nos felicitamos, hicimos "high five" y todos al jeep (Freddy, Wilson y Fanny en el techo) dos horas por carretera de tierra justo a tiempo para llegar a nuestro hotel antes de que anochezca. Esa noche cenamos felices, nos costaba creer que hace apenas un día, unas cuantas horas, habíamos estado montana adentro paseando por las terrazas de Teyuna, subiendo la infinita escalera de piedra, remojando los pies en el río, sentados sobre una piedra viendo una palmera inmensa, riéndonos, quejándonos, conversando largo entre nosotros con muchos mosquitos pero sin teléfonos ni blackberries, meciendonos en una hamaca, contando chistes, maravillados con la naturaleza y las estrellas en la noche, con el color del cielo y de las alas de ese pájaro amarillo y negro en los Altos de Mira. Nos fuimos a dormir, todos cayeron rendidos. Yo, que escuche hace poco en una cena en Lima sobre la ciudad inca de Choquequirao, tengo un Zvuv en la cabeza que no me deja dormir.




























































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