De vuelta de una semana de nieve y fondue, orgullosos de nuestros meniscos.
- henrygru0
- Apr 6, 2021
- 3 min read
Updated: Apr 9, 2021
El lunes a eso del mediodía, con hambre y sin GPS, decidimos hacerle caso a nuestro instinto y salirnos de la autopista siguiendo los anuncios del pueblo de Gruyere. Algunas curvas, mucha nieve y montañas, y llega uno al pie de una colina desde donde se asoma Gruyere, un pequeño pueblo de menos de 2.000 habitantes con un castillo, mucho colesterol y una pintoresca ciudad amurallada. Como era de esperarse, el hambre le ganó a la curiosidad intelectual, fue unánime la decisión de dedicarle solo 5 minutos a visitar la fortaleza (y no entrar al museo) para poder sentarnos lo antes posible a almorzar en uno de los restaurantes del pueblo. Nuestra mesonera, una simpática y nostálgica peruana, nos trajo un delicioso fondue de queso local (no lo pidas de Cheddar, le advertí a Xandra antes de entrar) acompañado de papas, encurtidos y vino caliente. De postre, merengues con crema. La conversación durante la comida fue una serie de "mmmmmm", "mmmmmmm", "mmmmmmmm", seguidos de "guauuuuuuu, viste que bueno" que se repetiría durante toda la semana (un itinerario gastronómico que jamás patrocina el American Heart Association).
De Gruyere seguimos a Crans-Montana nuestro destino final, pueblos gemelos montana arriba en la ladera de un espectacular valle, no muy lejos de la frontera con Italia. Llegamos esa misma tarde a tiempo para hacer los preparativos para nuestra semana de esquí; alquilamos las botas y el resto del equipo, llamamos al instructor, hicimos compras para el apartamento. A la mañana siguiente nos esperaba Jean vestido de rojo frente al lift, listo para refrescar la memoria de esta pareja de esquiadores tropicales. Sin mucho preámbulo nos lanzamos montaña abajo y no nos fue mal. Jean, algo desentendido de nosotros, nos dejó al mediodía en una cabaña a media pista donde comimos, de nuevo, al son de "mmmmmmms" y "guaus". Algo más de ski en la tarde, menos diestros por el cansancio, y luego a explorar el pueblo. Crans es tres calles repletas de buenas boutiques y galerías de arte, casi siempre cerradas, varias panaderías y tiendas de comidas, casi siempre cerradas, y un cine donde todavía hay un intermedio para que el público coma cotufa, compre chupetas y tome cafe. Allí vimos Oceans, un documental que no deben perderse (el link a la derecha), pura poesía, mar infinito, coreografías maravillosas de ballenas, cangrejos, rayas, calamares, delfines y mucho azul.
Esquiamos todos los dias, Werner el instructor del jueves ("up, up, voila" le decía a Xandra mientras la seguía de cerca), David el del viernes (menos simpático), y nosotros teleférico arriba y pistas abajo disfrutando del paisaje y el sol de invierno sin descuidar nuestras rodillas. En las noches buena comida: pasta el martes, raclette inolvidable el miércoles, una cena mágica el jueves en el Hotel Terminus; y ensalada y sopa (nada más) el viernes. Por la tarde ese dia, el ultimo en Crans, nos fuimos cámara en mano a pasear por el bosque en medio de una nevada, arrodillados y acostados (felices) en la nieve tratando de tomarle fotos al frío y el silencio. El sábado, ya camino a Zurich, nos paramos en Berna para visitar el Zentrum Paul Klee, un bellísimo edificio diseñado por Renzo Piano lleno de pinturas y dibujos del talentoso artista suizo. De allí a Zurich para salir a NY con las rodillas a salvo y la maleta llena de chocolates y postales de Klee.





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