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Camila y su papá de mantequilla (en Miami y Aruba)

  • henrygru0
  • Apr 7, 2021
  • 6 min read

Updated: Apr 9, 2021

Dicen que los hijos, en algún momento durante sus primeros años, están convencidos de que sus padres tienen poderes sobrenaturales: Papi vuela, Papi sabe lo que comí con solo ver por mi ombligo, Papi hace hablar a los peluches, Papi es mas fuerte que Hercules, Papi quita el dolor con un beso y unas palabras mágicas (las más de las veces con un desentonado y poco original "sana, sana, culito de rana"). Poco a poco, a medida que van pasando los años, los hijos se van dando cuenta de que Papi salta pero no vuela, de que no es difícil adivinar que comi si siempre almuerzo lo mismo, que hay mejores ventrilocuos, que Hércules, José, Luis, Juan, Fernando y todos los que trabajan en el edificio son más fuertes que Papi, que no todos los dolores se curan con el analgesico de rana.

Los padres también descubren que sus hijos, desde el momento que nacen, tienen poderes sobrenaturales. Desde muy pequeña Camila ha tenido, entre otros, el poder de derretirme, de derretirme con solo una mirada. A diferencia de mis superpoderes, que cada dia me cuesta más mantener, los de Camila cada vez se hacen más fuertes, más misteriosos, más encantadores. Basta con que me vea de reojo, con sus ojos azules azulisimos, para que yo -tan grande, tan serio, tan fornido y corpulento- me convierta en mantequilla. Este diciembre Camila y su papa de mantequilla fueron de paseo a Miami y Aruba.


Fue casi una semana y dos escalas: Miami y Aruba; la primera, para que Camila arroje las flores en la boda de mi linda sobrina; la segunda, para nadar, llenarnos de arena, comer chocolate, y jugar embadurnados de protector solar. Sobre Miami o Aruba no tengo tanto que contar, sobre Camila, en cambio, podría escribir largo, podría pasar mucho tiempo describiendo su sonrisa de cómplice o su pelo alborotado cuando se despierta en la mañana, haciendo la lista de preguntas que me hace, contando como se encarama encima mio cuando vemos Peter Pan o la Novicia Rebelde (por vez 200!), podría escribir el diario infinito de un papa hipnotizado y mimador. Por ahora, y para respetar la línea editorial de este blog de viajes, les contare solo de nuestro corto paseo de diciembre.



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Salimos de Nueva York un sabado, un sabado de invierno, al mediodía. "Papi, la semana que viene todos mis amigos van a estar en clase y tu yo vamos a estar de vacaciones en la playa" me decía Cami con muy poco remordimiento de conciencia. Yo, felizmente desempleado, que pensaba en todos mis amigos trabajando sentados en una oficina, me sentía igual que ella. "No puedo creer que ya llego el dia", me decía emocionada en el carro camino al aeropuerto mientras hacía el chequeo de todo lo que tenía que llevar: "la cesta de las flores?, mi vestido?, los zapatos? el DVD player con las películas? el regalo de Nathalie? la cámara de fotos rosada? la máscara de snorkeling y el tubo?........." Luego de unos cuantos "cuando vamos a llegar papi?" aterrizamos en Fort Lauderdale y nos encontramos con mi sobrino Nadav y su esposa Annabella que fueron a recogernos al aeropuerto. Esa noche Abuelin y tía Esther de Israel con regalos, cena, Baci y Nutella ladrando, postre, algo de tap y hip hop, una (dos, tres...) películas de DVD, otro postre, rodeos y pretextos, hasta que finalmente cayó dormida sonando seguro con su prima Nathalie y el vestido blanco que iba a llevar a la boda.


Ese domingo desde temprano la emoción que se siente el dia de una boda de alguien cercano: llamadas de teléfono, arreglos de última hora, nosotros y todos los demás algo tarde, hermanos fotógrafos y sobrinos con flashes, peluqueros conversadores, tortas rascacielos, maquillaje, ganchos de ropa, flores, centros y esquinas de mesa, Nathalie y Roberto encantadores, la familia sonriente, y Camila practicando el movimiento para arrojar los pétalos mientras se acomodaba el cintillo. Yo acordandome, nostalgia de tio viejo supongo, ese 31 de diciembre de 1986 tarde en la noche cuando metido en una caseta de telefono en Lyon me entere que había nacido Nathalie. Parece como si hubiera sido ayer (comentario de tio viejo supongo).


Llego el rabino, cayeron (al ritmo perfecto) un montón de pétalos frente a la novia, hablo y canto el rabino, tomaron vino, intercambiaron anillos, leyeron contratos nupciales en hebreo, un vaso que estalló, abrazos, mazal tov y una fiesta estupenda. Música, flashes, máscaras y plumas, comida y postres deliciosos todo intercalado de muchos "que grande esta Camila!" y de infinito baile. Nos fuimos a dormir tarde esa noche, Cami sonando seguro con una piscina larguísima y los misteriosos divi-divis (esos árboles encorvados que le conté hay en Aruba y que se parecen a los baobabs del Principito).



Los aeropuertos de lugares de vacaciones tienen un olor especial, se sienten distintos. Se baja uno del avión emocionado, de buen humor, con ganas de llegar muy rápido al hotel y saltar a la piscina. Camila me dice al bajar del avión que ella quiere disfrutar de "todo lo que Aruba has to offer", yo estoy de acuerdo pero no puedo evitar preguntarme donde escuchó ese slogan publicitario. La gente en el aeropuerto se ve simpatica, nadie tiene preocupaciones, el stress -siente uno- lo confiscan en la aduana. "Bon bini", nos dijo la señora de inmigración y a los dos minutos estábamos atravesando Oranjestad en una camioneta vieja camino a encontrarnos con Jessica y Nicole, las primamigas de Camila. Ya instalados en su apartamento -y embadurnados de protector solar 300- salimos a conquistar la playa del otro lado de la calle. "Papi, no me sueltes" me implora Cami cuando nos metemos los dos en el agua a saltar olas mansas, jugamos a la arena movediza, hacemos y deshacemos castillos de arena, nos echamos en la playa a no hacer mucho, abrumados con el dilema de si volver a la playa o ir a la piscina. Herman y Alfredo, mis buenos amigos, algo mas grandecitos pero igual de encantadores, me llaman para que contemos viejas historias (anécdotas que son como un bálsamo mágico, un tónico revitalizador). Entre risas y gansadas comienza a oscurecer, nuestra próxima tarea era donde cenar.


Aruba trae recuerdos, memorias de antes del exilio, de la Venezuela amable y de buen clima, de los paseos de fin de semana largo. Caracas, a 25 minutos de avión de Aruba, queda a varios siglos de distancia. Hay ahora menos venezolanos que antes pero todavía se encuentra uno con caraqueños en terapia de recuperación, desintoxicandose de tráfico, de Chávez y del coco de los secuestros express. Se los encuentra uno en la playa, muchos en el Marriott, tomando Aruba frosties, quejándose de todo, calculando los precios en bolívares viejos, hablando de donde y cuando piensan emigrar. Veo a algunos antiguos amigos de bachillerato, jugamos con sus hijos y ellos entre ellos, damos con Camila, Jessica, Emilia y Nicole infinitas vueltas en el lazy river del hotel, a pesar de ello nos piden una vuelta más. La rutina de la semana es deliciosamente aburrida: playa y piscina, piscina y playa, piscina y piscina, playa y playa, todas las combinaciones posibles a no más de 15 minutos en carro. En las noches, de vuelta en nuestro apartamento, bailamos y cantamos disfrazados (niños y grandes) al son de ABBA y Hector Lavoe. Las niñas a dormir, los padres un rato mas despiertos contando las mismas historias otra vez, riéndonos de nosotros mismos.




Tal vez porque uno tiende a idealizar el pasado o tal vez porque en estos años he conocido muchas otras islas, cualquiera que sea la razón, Aruba me parece menos pintoresca de lo que era, menos "cool", más congestionada de lo que debería ser, atragantada de franquicias, repleta de familias de New Jersey buscando donde conseguir la próxima sobredosis de calorías. Hay todavía, supongo, rincones de la isla donde se esconde el carisma, donde se siente el caribe holandés, el ritmo del papiamento. Pregunto por el puente natural, un puente al norte de la isla que antes se visitaba, y me cuentan que se cayó, que una tarde, luego de miles de años, llegó una ola de mas (pudo haber sido también, sospecho, el peso de una familia de esas de New Jersey tomándose una foto). Se siente un poco como si toda Aruba, igual que el viejo puente, se ha erosionado, que los cruceros y casinos, las legiones de turistas y los nuevos centros comerciales comienzan a doblarle las espaldas.


Finalmente llega el viernes y toca volver al frío. Vamos al aeropuerto ("Papi empacaste mi camara rosada? mis peliculas de DVD? mi mascara de buceo?"), hacemos aduana y muy pronto estamos en el avión viendo películas y dibujando (y yo feliz con mi hija). "El mundo con ser el mundo en la mano de una niña cabe" dice uno de los últimos versos de uno de los poemas de Sobre los Ángeles, un viejo libro del viejo Rafael Alberti que leí hace muchos años y que hoy, mientras vuelo con Cami, me viene a la memoria. Cuando la veo me doy cuenta que el mundo entero, con todas sus complicaciones, con sus playas y rascacielos, con sus confusiones y stress, con sus sorpresas y aventuras, cabe en la mano de Cami. Nosotros, los papa de mantequilla, lo sabemos.

 
 
 

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Señor Grumberto

Soy adicto al chocolate, los viajes y reir sin parar. Adoro a mi cubana y nuestros hijos, a Camila mi primogénita, fiel amigo, amigo de mi hermano. Soy glotón y devoro páginas. Vivo cada día como el primero de mi vida!

 

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