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Buena vida sin verguenza; una semana de excursion a 5.000 metros de altura al pie del Apu Ausangate

  • henrygru0
  • Apr 7, 2021
  • 11 min read

Updated: Apr 10, 2021


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Este es el relato de nueve amigos (ocho novatos ávidos de oxígeno y un guia rico en hematíes) por la cordillera de Vilcanota al sureste del Cusco, el recuento de cinco noches y seis días inolvidables por el circuito que rodea la cumbre del Ausangate (6.384 mts) allí donde da sus pininos el mismísimo río Amazonas, la bitácora de una semana maravillosa de cielo, glaciares, lagunas, nieve, arenas de colores, tímidas vicuñas y noches transparentes.


Igual como ocurre con muchos viajes de aventura, este nació de una tertulia inocente entre amigos, de una conversación calmada a nivel del mar en los mullidos sillones del hotel Park Plaza en Lima hace ya unos cuantos meses. Acababa de llegar Pepe, el bueno de Pepe, de una maravillosa excursión a Choquequirao: "Roger es el mejor guia del Perú" me dijo, "anota bien su nombre: Roger Valencia, y recuerda que cualquier viaje tienes que hacerlo con el", me repitió categóricamente mientras me servían un vaso de etiqueta negra. Hacía unos meses que Suso, otro amigo, me había hablado del circuito del Ausangate. Teníamos el nombre del guia, teníamos el destino. Poco a poco iban apareciendo los ingredientes del viaje. No se si por caprichos del destino o más bien porque Lima es pequeña (probablemente lo segundo), el caso es que a los pocos meses me tocó sentarme en un almuerzo multitudinario al lado del legendario Roger. Yo lo conocía a él - había visto fotos y videos luego de haberlo "googleado"- pero el no me conocía a mi. "Hola Roger" le dije, y él, con la humildad y elegancia de quien esta acostumbrado a que lo reconozcan, me respondió: "disculpa, pero no me acuerdo de ti". Nos escapamos con sigilo del almuerzo (que estaba bastante aburrido) y salimos a pasear. Caminando acera abajo por la calle Conquistadores le explique de donde conocía su nombre y le pregunte si se animaba a hacer una excursión al Ausangate. Inmediatamente me dijo que si y me contó que precisamente acababa de volver de un intento fallido alrededor de la misma montaña con Pepe y Carlos, que la nieve les había hecho abortar el viaje luego de dos días de lenta caminata. Al poco rato comenzó una rafaga de correos electrónicos y en unas cuantas horas -con casi un año de anticipación- teniamos confirmación de Roger, Carlos, Miguel, Pepe, Suso, Jana y yo. A los pocos meses reclutamos a German (the gadget man) y unas semanas antes de salir de viaje a Melissa, una simpática andeofila que vive en Boston. Algunos se anotaron para la caminata, otros, los mas valientes, para subir a la cima. Quedó fijada la fecha: la primera semana de julio, habia que comenzar a entrenar.


Para mitigar los riesgos de la hipoxia hipobárica (hablemos mejor de mal de altura o soroche) acordamos citarnos en Cusco unos dias antes de comenzar la excursión. El circuito del Ausangate oscila entre los 3.800 y 5.200 metros de altura lo cual puede traducirse, sobre todo para nosotros los costeños, en dolores de cabeza, náuseas, insomnio y, en casos extremos, alucinaciones. El plan era aclimatarnos poco a poco, tomarlo con calma. Llegamos a Cusco el viernes y el sábado inauguramos oficialmente la expedición con una caminata empinada de un par de horas seguida de un estupendo almuerzo en casa de Pepe a una hora de la ciudad. Llegamos todos puntuales, vestidos impecablemente, sonrientes estrenando nuestros camel backs, sombreros y palos de caminar. Subimos poco antes del mediodía a buen ritmo por la ladera de la montana que queda a la espalda de la casa de Pepe animados por la palabras de aliento de Jaco, Felipe, Pati y Cecilia: "no tarden mucho en bajar que pronto va a estar lista la comida" nos decían mientras nos alejabamos entre los bosques de eucaliptus. Llegamos hasta casi lo más alto desde donde se veía a lo lejos (por primera vez) el blanco Ausangate. Espigado, el Ausangate sobresale como el más alto de la cordillera; Apu sagrado de los incas, fue escalado por primera vez apenas en 1953 por Heinrich Harrer (el mismo que en los años 40 visito Tibet, el autor del libro Seven years in Tibet que sirvio de inspiracion a la película del mismo nombre protagonizada por Brad Pitt) http://en.wikipedia.org/wiki/Heinrich_Harrer.


Regresamos de nuestra caminata contentos y con hambre. Mientras esperábamos que sirvieran el almuerzo Jaco y Felipe nos proveyeron -furtivamente- de un kilo y medio de nueces (o fueron dos?) acompañadas de cerveza y unas cuantas copas de vino. Al poco rato nos sentamos a la mesa (te prometemos Pepe que todavía nos quedaba mucha hambre) para disfrutar de un banquete de ensaladas y pollo y un plato local delicioso hecho de un pariente de la papa cuyo nombre (como muchos otros) se me escapa. Un almuerzo largo y abundante, feliz y bullicioso de esos que se recuerdan con cariño. En la sobremesa todos felices vestidos con ruanas de colores que nos repartió nuestro anfitrión, admirando la preciosa vista del valle, tratando de convencer a Felipe de que nos acompañara.


El resto del fin de semana transcurrió sin aspavientos. Varias visitas a la Plaza de Armas, algunas compras de última hora, un rato en el mercado público tomando fotos y toda la emoción de la final de la Eurocopa rodeados de suculentos "club sanguches" en el lobby de nuestro hotel. El lunes en la mañana partimos al Ausangate.

A las 10 estábamos todos sentados en el autobús. En el ambiente se respiraba la misma energía de los viajes escolares de nuestra infancia, todos emocionados escuchando las explicaciones de Roger y Jesús (el guía asistente), impacientes por salir. La primera parada fue a unas horas de Cusco en el pequeño pueblo de Checacupe justo donde nuestros celulares pierden la señal. La iglesia de adobe de Checacupe guarda, tras una fachada modesta, tesoros manieristas, flamencos y barrocos que se mezclan con piezas y motivos incas en un fascinante sincretismo cultural. En la pequeña nave principal un espléndido altar y un púlpito hexagonal tallado en madera rodeados de pinturas de distintas épocas. Afuera, no muy lejos, un hermoso puente colonial de cal y canto del siglo XVII sobre el río Pitumarca.


A medida que ascendiamos con destino a Chilca la vía se hacía cada vez más estrecha, en algunas partes a duras penas pasaba el bus, en otras había que empujarlo, más de una vez tuvimos que maniobrar retrocediendo para sortear las curvas. Nosotros felices haciendo poco caso a los precipicios. Ese día almorzamos al borde del río en un remanso que Renoir hubiera pintado de haber visitado Cusco. Hacia el final de la comida nos hizo una visita un simpático motorizado peruano que subía alegre a su casa (léase con algunas chichas o cervezas de más). Se había detenido a darnos la bienvenida, a preguntarnos si éramos gringos y a ofrecernos amablemente si queríamos usar su moto brasilera.


Seguimos carretera arriba hasta que de repente nos detuvimos al borde del camino y Roger anunció que allí comenzaba nuestra caminata. Ese día fueron tan solo unas dos horas de terreno plano. El cielo azul, algo de frío, a la distancia las terrazas de los últimos cultivos de papa (los cultivos más altos del planeta porque muy poco crece por encima de los 4.000 metros de altura), rebaños de llamas con sus niños pastores, la cordillera blanca al fondo y en el horizonte, pequeñito en la distancia, el primero de los cuatro tambos que visitariamos, nuestro primer albergue. Los tambos son edificaciones cómodas de pocos pisos -sin electricidad pero con agua caliente- que Roger construyo junto con las comunidades. Cada uno de nosotros tiene su habitación privada con su propio baño, abajo en el primer nivel hay un comedor amplio y varias sillas estratégicamente colocadas alrededor de la estufa. Luego de cuatro largos años de trabajo, por el clima solo se puede construir durante tres o cuatro meses y todos los materiales deben ser transportados a pie o en llama, finalmente lograron completar los albergues. Las excursiones comenzaron en 2008 y desde entonces el número de turistas que hacen el circuito ha ido incrementando año tras año. En el 2012 se espera que aproximadamente 400 personas hagan el recorrido (un número muy pequeño si lo comparamos con las 200 personas que hacen el camino del inca cada dia!). La idea, nos cuenta Roger, es crecer hasta unos 1.000 pasajeros pero no mucho mas para asi poder mantener bajo control el impacto sobre el medio ambiente. La participación de las comunidades y el beneficio económico que ellas obtienen del proyecto son una de las motivaciones principales de la iniciativa de Roger, de allí la especial atencion que le presta a entender las necesidades y preocupaciones de los locales (http://www.auqui.com.pe/auqui.php).

Esa primera noche celebramos el cumpleanos de Miguel comiendo trucha a 4.300 metros de altura, escuchando canciones andinas al compás de un arpa ("el amor se marchita" decía una de ellas) y bailando -con mucha calma por la altura- con nuestras anfitrionas y anfitriones.


El martes nos despertamos temprano para hacer el circuito de las dos lagunas, una caminata de unas 6 o 7 horas que comienza y termina en el mismo lugar y que pasa por un filo que queda a 4.800 metros de altura. Roger iba a la cabeza cargando dos canas de pescar ("comeremos truchas de almuerzo" nos decía optimista) y nosotros siguiéndolo de cerca disimulando el jadeo. En uno de nuestras paradas, nosotros acostados en la grama, se nos acercaron unos niños pastores y nos entregaron un puñado de papas. Nos las dieron sin pedir nada a cambio. Nosotros, con exceso de provisiones y conmovidos con el gesto, les dimos algunas de nuestras barras de cereales y chocolates. Entusiasmados con nuestra reacción, los niños pastores siguieron repartiendo papas a cambio de golosinas, el viejo sistema de trueque - aún muy vigente por estos parajes- funcionando a la perfeccion. Poco después del mediodía llegamos a la primera de las lagunas. Carlos y Melissa se hicieron de las canas y fueron a capturar el almuerzo. Muy a pesar de la destreza de nuestros pescadores, tuvimos que conformarnos con ensalada y sandwiches (y nuestras papas del trueque, por supuesto). Hicimos la ofrenda de rigor al Apu (con hojas de coca como debe ser) no sin antes aclararle a Germán que no había nada de ilícito en el ritual. Para nuestro regreso al tambo Roger escogió la ruta de la mejor vista y nos enfilo -cual vicuñas- hacia el abra, que así llaman al vértice donde se encuentran las laderas de dos montanas. Con paso lento pero firme llegamos todos al filo. Allí, sin aliento (por la belleza del paisaje y por el esfuerzo) nos quedamos hipnotizados contemplando la cordillera. Para volver, una bajada empinada y resbaladiza (entretenida podríamos decir) que desemboca en un canon. En el camino, llamas y más llamas rodeadas de una especie de cactus blanco que crece a ras del suelo y que parece lana recién trasquilada. A la entrada de nuestro tambo nos espera Pepe descalzo con sus pies en el riachuelo predicando a los cuatro vientos las bondades del agua helada luego de una larga caminata.


A medida que pasan los días vamos adaptándonos al nuevo ritmo. No hay teléfono (uno satelital para casos de emergencia), no hay correos ni llamadas que responder, no escuchamos noticias, no hay internet, ni siquiera un periódico. Los días transcurren caminando y conversando, sin mayor apuro, hablamos de temas serios pero también (y sobre todo) de boberias. Escuchamos historias de Roger, nos cuenta del escurridizo gato andino, del nacimiento de los Andes y de la infancia del Amazonas antes de que fuera jungla cuando apenas era un enorme lago, nos cuenta de los festivales, de los caprichos de los Apus, de cómo los dioses hicieron el regalo de las alpacas y de cómo en Pisac domesticaron el río Urubamba, nos cuenta de sus viajes al Aconcagua, de japoneses congelados y de carreras agotadoras en la selva mas selvatica del Peru. Poco a poco nos adaptamos al nuevo ritmo, nos vestimos y desvestimos al compás de los "layers", nos dejamos cautivar por el paisaje, nos sintonizamos con la paciencia de los arrieros. Acordamos todos hacer un paréntesis en nuestras ocupaciones, interrumpir nuestras rutinas, postergar lo que parece impostergable, desintoxicarnos, darnos el lujo de caminar distraídos.


El miércoles nos despertamos temprano, muy cerca del tambo nos toca cruzar con cuidado un precario puente de madera ("cuidado que a veces se congela y la gente se cae" nos advierte Roger) y seguimos camino abajo hasta el poblado de Ocefina desde donde comienza nuestra larga subida. De lo alto se ve el trazado del antiguo camino inca que atraviesa el valle, una nervadura más en una red inmensa de carreteras que iba desde Colombia hasta el norte de Argentina, vasos capilares del imperio.


En el medio del camino nos detenemos a descansar y a comprarle textiles a las mujeres de la comunidad. Allí nos espera Pepe que hoy nos lleva la delantera porque va a caballo para cuidar su adolorido talón -Rayo se llama el rocín, José su fiel escudero-. Compramos telas, algunos sombreros y yo -de urgencia- una cinta para amarrar mi holgado pantalón que amenazaba con caerse. Esa tarde, luego de un merecido almuerzo, comenzamos una dura subida que nos llevó hasta casi 5.000 metros. Paso a paso, "paso de guia" como le llama Roger, hasta que llegamos al nuevo abra donde nos espera otra vista espectacular. Al fondo se ven los nevados y uno de los costados del imponente Ausangate, abajo en en el valle nuestro albergue entre rocas inmensas que parecen acabadas de salir de la tierra, frente al tambo a 4.800 metros de altura una hermosa laguna multicolor. Esa noche, como todas las otras, cenamos contentos, disfrutamos de los sorpresas de Pepe (una noche nos da chocolates, otra jenjibre, otra turrón), celebramos la independencia de los Estados Unidos, nos acostamos temprano.


El jueves nos despertamos -como siempre- llenos de energía, desayunamos y nos alistamos para salir. A la altura que estamos hay poca vegetación, muy poca. Durante varias horas caminamos por un paisaje único de arenas de colores; franjas de marrones, naranjas, púrpuras y ocres que cubren las montañas como si fuera una alfombra, una tela inmensa que lo cubre todo. Nosotros boquiabiertos tratando de explicarle a Roger cuánto nos gustaba, tratando de verlo todo, tomando mil y una fotos, escudriñando nuestro cerebro para encontrar algún adjetivo que sirviera para describir lo que veíamos. Seguimos caminando varias horas con la cordillera blanca frente a nosotros hasta que hicimos una pausa para almorzar al borde de una pequeña laguna. Recuperadas las energías subimos un abra para de allí bajar cubiertos de granizo hasta nuestro próximo tambo.


Las noches comienzan a tomar su propio ritmo; llegamos cansados, cambiamos nuestras botas por las pantuflas que nos regalaron, Melissa se queda dormida en el sofá, nos bañamos con agua caliente, desempacamos para luego bajar a tomar té y a hablar de la caminata del día alrededor de la estufa. Poco antes de la cena algunos preguntan por el whisky, comemos con hambre y de postre alguna de las sorpresas de Pepe. Roger nos felicita por nuestra condición física, nos cuenta sobre el proximo dia y poco a poco (a eso de las 8.30 -9.00) nos vamos todos a dormir. Esa noche salimos a tratar de tomarle fotos a la luna brillante (brillantisima). La noche es transparente, estamos en un albergue de mil estrellas.



Me levanto temprano el viernes y descubro que la luna sigue allí, salgo callado para no despertarla y le tomó varias fotos. Hay mucho silencio y unas cuantas llamas despabilandose sobre la nieve fresca.


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Buen ejemplo del isocronismo lunar del que nos hablo Pepe

El viernes es nuestro ultimo dia de caminata larga. En la ruta nos tropezamos con pastores que cuidan sus rebaños de ovejas y llamas, niños pequeños en su mayoría que nos saludan con las mejillas cuarteadas por el sol. Nos dicen sus nombres, nos dicen su edad, sonríen cuando les hablamos en castellano. Ese día caminamos por varias horas hasta que llegamos a un hermoso glaciar al pie del Ausangate, un glaciar que como tantos otros va retrocediendo, cada vez más pequeño sofocado por los calorones de una temprana -y absurda- menopausia. Entramos al glaciar por un valle verde donde pastan las llamas, nos detenemos frente a una laguna de agua cristalina y de allí trepamos por la inmensa morrena de piedra que lo bordea. Descansamos un poco antes de comenzar una subida que nos lleva hasta 5.200 metros de altura. Llegamos contentos pero sin aire al punto más alto del viaje donde nos espera granizo, nieve y mucho viento. Pepe, transformado en monje, acepta nuestra invitación de saltar con nosotros para la foto.


La ultima noche celebramos el cumpleanos de Melissa. Cómo estamos contentos tomamos dos whiskies en vez de uno y abrimos un par de botellas de vino. Pepe, Carlos y Suso hacen discursos, sospechamos que va a ser difícil reinsertarnos en la civilización. Carlos, Melissa y Miguel, los más valientes, se preparan para subir a la cima del Ausangate. El resto, los menos valientes, nos preparamos para volver a casa. Esa noche nos quedamos despiertos un poco más tarde que de costumbre, contamos y recordamos historias, comemos chocolates y jengibre que saca Pepe, le volvemos a agradecer a Roger, le deseamos suerte al trío que se queda.

La pasamos muy bien, como bien dijo Jana fue una semana de "buena vida sin vergüenza". Hay un parte de nosotros que no quiere volver; la única manera que encontramos de detener el tiempo es haciendo planes para otro viaje el año que viene. Todos, los nueve, prometimos ir.



 
 
 

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Señor Grumberto

Soy adicto al chocolate, los viajes y reir sin parar. Adoro a mi cubana y nuestros hijos, a Camila mi primogénita, fiel amigo, amigo de mi hermano. Soy glotón y devoro páginas. Vivo cada día como el primero de mi vida!

 

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