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25 horas en Montevideo

  • henrygru0
  • Apr 6, 2021
  • 2 min read

Updated: Apr 9, 2021

Uruguay ocupó siempre un espacio, no muy grande ni prominente un rinconcito más bien, en mi imaginario. Uruguay fue siempre un puñado de cuentos sórdidos de Horacio Quiroga, dos mundiales de futbol allá en la prehistoria del deporte, Onetti y Benedetti, y sobre todo Adrián Liberman, ese amigo de mi hermano que hablaba como argentino sin serlo y que parecia haberse leido todos los libros del planeta. Uruguay quedó por mucho tiempo así, un país detenido en el tiempo con apenas 3 millones de habitantes, una geografía plana planísima -contaba Adrián- donde el pico más alto tiene 500 metros, un vecindario calmado de Buenos Aires del otro lado del Río de la Plata. Y de repente, de la noche a la mañana, los vientos cambian y Uruguay pasa a ser el "plat du jour" el nuevo ombligo en mi mundo de negocios. Así que con toda la premura del caso me enfilo (contento) hacia Montevideo. Después de todo es uno de los cuatro países (sin contar las invisibles Guayanas) que no conocía en el continente. En las últimas dos semanas he visitado ya dos veces la Republica Oriental del Uruguay (vaya nombre!), y comienzo a familiarizarme con las calles de Montevideo, capital modesta, suerte de ciudad-estado. Es un país, como dice todo el mundo, detenido en el tiempo y envejecido, el único en América Latina donde cada año nace menos gente que la que muere y emigra.

Mi hotel, el Radisson, está en la Plaza de Independencia donde está enterrado el bueno de Artigas, una plaza pequeña bordeada por el Teatro Solís y dos o tres palmeras. Muy cerca está un malecón largo larguísimo - "no es mar, es río" me aclara el taxista- donde casi nunca hay tráfico. Es domingo, me voy a pasear por la ciudad vieja y luego a Punta Carretas, una vieja cárcel convertida en centro comercial. Allí compró más libros en una librería divina -descubrí Adrián que aqui tu eres apenas uno más- y ceno bife con morcilla y chorizo y el panqueque de rigor mientras me juro a mi mismo (con los dedos cruzados) que iré a correr por el malecón a la mañana siguiente. El lunes, entre reunión y reunión de trabajo, logro hacer una visita fugaz al museo de Joaquín Torres García, pintor y juguetero, maravilloso pintor y juguetero. No solo quedó fascinado con sus cuadros, sino con Manolita Piña, su esposa catalana que vivió apenas 111 años (como para confirmar que en Uruguay se envejece bien).

Y de allí corriendo a otra reunión para luego ir al aeropuerto ("este es el Río de la Plata, no el mar" me vuelve a advertir el taxista). Una pequena escala en Buenos Aires -suficiente para comprar alfajores- y luego NY. Al aterrizar me doy cuenta que me he olvidado de preguntarle al taxista donde fue por fin que nació Gardel.

 
 
 

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Señor Grumberto

Soy adicto al chocolate, los viajes y reir sin parar. Adoro a mi cubana y nuestros hijos, a Camila mi primogénita, fiel amigo, amigo de mi hermano. Soy glotón y devoro páginas. Vivo cada día como el primero de mi vida!

 

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